Una lectura sobre Rayuela de Julio Cortázar.
Propongo esta escena que bien podríamos ubicar entre el primer capítulo y el segundo de Rayuela.
La historia comienza con la búsqueda desesperada de Horacio por la rue de Seine, Quai de Conti y el Pont des Arts. La ciudad de París es como el cuerpo de La Maga. Cada rincón, sonido, encanto, y particularidad guía las emociones que Horacio siente hacia ambas. Dentro de este monólogo interior, mientras que Horacio admira aquello que lo rodea, recuerda momentos íntimos junto a su amada.
Adoptando el estilo de Cortázar, "Sus venas" utiliza escenas fragmentadas en las que se entrecruzan diferentes ideas y conceptos. El lector, quien atraviesa una búsqueda constante, repone su sentido y la interpreta a través de la observación de ciertas repeticiones, como los nombres de ciertos músicos al igual que ilusiones hacia el jazz, dos ingredientes vanguardistas del estilo de Cortázar. En conjunto, Cortázar procesa estas ideas, las transforma y construye Rayuela.
Invito al lector a que mi capítulo se pueda leer como parte del juego de la rayuela, que se sacrifique con dar un paso más, hasta llegar a la línea del fin.
Pasan las horas, y sigo aquí, parado en la baranda del Pont des Arts, admirando como el rue de Seine refleja la chispa de las imágenes parisinas. Seducido por la imagen que parecía casi pintoresca, observo todo aquello que me rodea, los detalles minuciosos que tanto resonan, aturden y retumban ante mis ojos. Un cuerpo de caras desconocidas caminan sin tener noción de su destino, caminan y caminan dentro del laberinto, perdidos en el juego, en el juego situado en la ciudad en donde las nubes son densas y grises, con un aire húmedo y densa. Volví a saborear aquellos labios tan lejanos, a rozar la dulce piel de su cara con mis manos solitarias. Era ella la misma? Casi nada, sin importar la nobleza o la pureza sobrevivía las ruinas del tiempo. Mi mano te dibuja, te crea, te acaricia con el mismo dolor con el que me quebraste. Su suaver suspiros acariciaban mi rostro rugido, y lo iluminaba con la dulzura que irradia. Pero era aquel ese mismo sabor? Aquel sabor, que me mantenía despierto de noche como adicto? Pasé mi mano por la catarata castaña que fluía por su espalda, y sentí aquel aroma afrodisiaco, aquel que me consumía, y me hipnotizaba. Era su captivo y ella mi ama. Sus labios me rodean, me acarician con el mismo ardor que un flechazo al corazón.
Cuántos puentes abrazan los canales: convexos, curvas, líneas. Resona el viejo disco de Hawkins, y la melodia de I’m coming, Virginia, que se difusan por el aire parisino, asimilandose con el aroma fértil de los croissants frescos de la madrugada. Viajo y no conozco. Todo aquello que antes tenía importancia, ahora nuevamente es lo desconocido. Soy una cara más, condenada a deambular eternamente por aquel laberinto donde ella me habia abandonado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario