Bajo un cielo caído y gris existe un movimiento letárgico
que está en el borde en que todo nace y todo muere; solo con la presencia del
observador llega a tener un poquitísimo de cinética. Una batalla de necesidades
tiene escena el horizonte. Los más pobres terminan siendo los más felices, y
los más grandiosos terminan siendo aplastados por el cielo, cayendo en la
trampa de su propia felicidad. Pero, mientras la guerra fluctúa y el cielo
sigue creciendo, hay cosas que no cambian; el movimiento de esos grandes montículos
verdes, que muchas veces no son percibidos, ya que mueren junto al resto del
mundo cuando el observador baja la vista, y el gran espejo que corta la imagen
en dos, cuya función es de reflejar el aterrador cielo mientras cae hacia el
centro de nuestra tierra. Sin embargo, en la presencia de todo este caos lento
e informe, el observador empieza a crear un vínculo amoroso y cariñoso con la
vista, un amor que nunca dejará su corazón, y que siempre estará impresa en su
mente. Verde y gris, azul y blanco, pobres y ricos, naturaleza y modernidad,
guerra y paz, todo captado en una imagen espantosamente bella.

No hay comentarios:
Publicar un comentario